Notas desde el encierro imaginario

Jorge Alberto Hidalgo Toledo Notas desde el encierro imaginario El mundo ya cambió. El antes y después de Google, de Amazon, de Faceb...

Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Notas desde el encierro imaginario

El mundo ya cambió. El antes y después de Google, de Amazon, de Facebook y Uber se ha quedado corto.
Ingresamos a la era posdigital cuando anunciaron por la mañana en la televisión la fase 2 del Cobos-19. Ahí sentimos el peso del encierro y la reducción de los megas de subida y de bajada de nuestra señal de transmisión.
Internet, ese motor energético que deslizó a las industrias hacia la cuarta revolución industrial. Hoy empieza a ser un bien escaso como los otros energéticos. La vida hiperconectada e hípermediatizada estará en algunos días dejando de manifiesto que así como el agua, el carbón y el petróleo. Internet puede llegar a sernos falta. Literal, la red pende de un hilo. Del número de megas de subida y de bajada empleados por cada miembro de familia en millones de hogares en el mundo. Con tantas descargas de video, clases en línea, reuniones virtualizadas, descargas de videojuegos, películas y canciones, puede caerse en cualquier minuto.
Las nuevas brechas se han hecho más que notorias, quién y para qué se conecta. Si nos quedamos en un rubro de ocio o en la co-construcción de conocimiento; si es para cumplir con los deberes de la escuela, impartir un curso o cerrar transacciones financieras a distancia.
Género, edad, nivel educativo y socioeconómico se aglomeran en categorías como info-riqueza e info-pobreza.
Hoy para muchos la red se mueve en la categoría de tecnología de la esperanza. Muchos esperan encontrar en ella la otra vía que no les llega ni por la radio, la prensa ni la televisión. En ella encuentran luz, enjambres de confianza, núcleos de alegría, nodos que enmascaran el mundo que está por venir. Llevamos tan sólo unas semanas del mundo futuro y ya se siente la nostalgia, el vacío y la falta de sentido en los contenidos que circulan.
El mundo ya es otro y no esperemos volver al anterior cuando la contingencia acabe. Los días se contarán en otro ritmo y velocidad de transmisión de bits.
La economía igual pende de un hilo aún más delicado y finito. Las bolsas caen y parecen contraerse los mercados a fórmulas de cierre de fronteras que nos recuerdan las acciones nacionalistas populistas de décadas pasadas. La economía digital mueve otros motores y acelera otros mercados; pero no los fundamentales.
La emergencia sanitaria rompió la burbuja de la esfera pública y hoy por las pantallas gozamos de una nueva esfera privada semi-pública. Nos enteramos de decoraciones y aficiones dependiendo del encuadre de la webcam. La intimidad ya tiene otro significado. Hombres en mangas de camisa, alumnos tomando clase por la tarde entre pijamas. El mundo es una extensión doméstica de la recámara.
Los horarios se quebraron, todo es un continuum post-line. Estamos siempre ahí, dispuestos para la conexión; a que suene Skype o te reclamen en Zoom. Nos hemos vuelto esclavos de la omnipresencia. Se nos acabaron los tiempos muertos y tiempos de descanso. La invitación a la vida relajada, desconectada fungió tan sólo como un acelerador de la hiperconexión.
El mundo entero espectralizó su vida: migraron del átomo al código binario. Se hicieron imagen eterna, haz de luz.
El virus ya infectó la red. Se metió en nuestros hogares y en nuestros cerebros. Llenó nuestras expectativas de dudas y misterios. La vida eternamente conectada es un reality show de emisores y receptores que no descansan.
Quienes quedaron en las calles también viven la hiperconexion a su manera. Sin trabajos, sin conexiones de todo tipo: económicas y sociales. Se han vuelto los nuevos olvidados. Los doblemente excluidos.
Las personas están muriendo solas en los hospitales o transmitiendo sus últimos minutos de vida por una tablet. Las comidas dominicales las transmite las familias por un teléfono celular.
En dos semanas, las tecnologías exponenciales nos dejaron ver que el mundo es otro y que el mundo que solíamos conocer ya no será jamás el mismo. ¿Qué sigue entonces? ¿Cómo leer y escribir este capítulo en la historia? ¿Desde dónde entender esta nueva fase del capitalismo? ¿Cómo repensar nuestro lugar y modo de estar en este nuevo territorio? Llevamos dos semanas y yo no quiero acostumbrarme a las normas de este nuevo continente.


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