Vivimos en una drogadicción de imágenes felices, veloces, banales

Esteban Ierardo: “Vivimos en una drogadicción de imágenes felices, veloces, banales” Filósofo interdisciplinario, admirador de Leonardo ...

Esteban Ierardo: “Vivimos en una drogadicción de imágenes felices, veloces, banales”

Filósofo interdisciplinario, admirador de Leonardo da Vinci, pensador y caminante, Esteban Ierardo ha indagado en profundidad sobre las consecuencias de vivir en una sociedad donde la excitación constante manipula deseos. A partir de la exploración y estudio de distintas producciones estéticas e intelectuales, en su último libro realiza una crítica cultural severa al capitalismo consumista y plantea una posible vía hacia la libertad: el arte.

Black Mirror 

En sus anteriores libros, Sociedad Pantalla y Mundo virtual, Ierardo había tomado la serie Black Mirror como disparador y excusa para reflexionar sobre la dinámica de los procesos culturales actuales, donde la percepción de nuestra experiencia está siendo modelada por la relación cotidiana con los dispositivos y las pantallas. Allí identificó cierta tendencia a una erosión perceptiva de los espacios del mundo físico, nuestra primera realidad. En su reciente libro La sociedad de la excitación. Del hiperconsumo al arte y la serenidad (Editorial Continente) da un salto superador y propone la experiencia artística como un posible camino de recuperación sensorial. Para Ierardo “toda la trama del arte se vincula con el asombro del artista frente a la presencia material del mundo, de la mirada, de los cuerpos, de la luz, de la sombra. El arte puede dar otra señal en estos tiempos de la hiperaceleración, ser una vía de la experiencia que supone reivindicar la lentitud, los momentos de aburrimiento para un ocio reflexivo, para una recuperación de la meditación sobre uno mismo. Es todo aquello que no brinda una satisfacción inmediata sino que sus dones o frutos son digeridos en un proceso que necesita una lenta elaboración. Como leer el Ulises de Joyce o acceder a descifrar en toda su riqueza ese mensaje que busca ser visto y apreciado por las grandes pinturas en los museos”.

Sociedad de la instantaneidad

En esta sociedad de la instantaneidad existe, a su entender, una pérdida de la memoria. Pero ¿Qué implicancias tiene en términos identitarios esta pérdida continua de memoria colectiva? Ierardo toma aire y relata su preocupación encendido: “El capitalismo ha avanzado en una conquista de nuestro tiempo, en tanto dedicamos la atención y energía al consumo de entretenimiento que no nos transforma, no nos enriquece, no nos lleva a una actitud crítica reflexiva, sino que nos deja en el mismo lugar. Un consumo inmóvil basado en lo simplificado, lo superficial que hace que se pierda la captación de la imagen, lo visual como un soporte de memoria o de transmisión del conflicto del horror humano. Vivimos en una drogadicción de imágenes felices, veloces, banales –a manera de las selfies– que van erosionando nuestro tiempo y actitud de percibir imágenes que transmiten otra dimensión de la vida ligada a la existencia humana, la finitud, el sufrimiento, el horror, la injusticia, el conflicto, esas tramas de la vida de lo trágico que nuestro hiper-consumo feliz necesita ocultar. Es un mundo en el que lo particular se sustituye por datos que se asocian a nuestros gustos y búsquedas en internet y que transmitimos a las empresas informáticas para ajustar nuestros perfiles de estímulo, nuestra capacidad de consumo a partir de una publicidad personalizada”.

La clave de este enfoque parece ser una combinación entre el aspecto físico-sensorial, un estado activo que contextualiza a la obra, y también la puesta en juego del entendimiento, una intelectualización de lo que acontece. A su entender “tanto la mirada artística como la reflexión filosófica permiten recuperar las diferencias y también la percepción de la amplitud del espacio. Lo sublime en el pintor romántico David Friedrich, o bien Spinoza, Platón o Hegel, nos religan con esa percepción que se vincula con el infinito. Remite a un entendimiento que está más allá de las fronteras y los límites de nuestra vida corriente y por lo tanto nos hace recuperar una realidad en la cual nos sentimos una parte y no los dueños”.

Imperativo 

Frente al imperativo de la imagen y del ojo, propone no sólo retomar la mirada ampliada, sino también reponer el oído e incluso la palabra poética: “Convivimos con un estallido de las palabras que se agotan en la dimensión de transmitir información o ser medios para un acto de comunicación y por lo tanto perdemos su dimensión más poderosa expresiva que es la que Borges buscaba en la poesía en su alba, cuando la palabra se fundía con la cosa. Era un puente para sacarnos del peligro constante de nuestra conciencia de sujetos, que es quedar atrapados en nuestro ensimismamiento y no vincularnos con la realidad que nos trasciende y desborda”.

Así como en la imagen se devalúa lo visual, ocurre algo similar con lo auditivo. El ensayista señala que “vivimos en una saturación de ciertos sonidos estandarizados que producen un fácil y hasta cierto punto falso placer que es la llamada música comercial, que de alguna forma pierde los poderes exploradores de la audición de niveles más sorpresivos y profundos de la vida que llega a nuestros oídos: los sonidos de la naturaleza, los sonidos combinados de forma atípica, experimental del minimalismo –como John Cage- y en definitiva la posibilidad de percibir a la vida como un fenómeno acústico. Por ejemplo, en los mantras, el sonido del om pretende situarse en la fuente, en el origen. Por otro lado, Beethoven indagó en la posibilidad de percibir el poder de Dios en la escucha musical. Y sin ir más lejos, la teoría física de las cuerdas de alguna manera nos viene a sugerir que el origen de la materia en su nivel más profundo son vibraciones, alguna forma de la música. Así, el oído recobra su capacidad exploradora más amplia al punto que puede llegar a descubrir o percibir que la vida es sonido y un fenómeno de alguna manera artístico”.

Enfoque experiencial

Este pensador interdisciplinario, recupera a Leonardo da Vinci en su proceso de trabajo pensante y lento, a Spinoza desde el entendimiento intelectual a Foucault en la reflexión y cuidado de sí, la noción de serenidad de Epicuro. Todos ellos modelos haute couture de este enfoque experiencial. Pareciera que este mundo de hiperestimulación deja escasas fisuras de acción para nosotros, simples mortales. Frente a esto, sugiere “presentar una mediación y una reflexión propia respecto de todo aquello que se nos ofrece o se nos quiere imponer. Es una dimensión posible de cierta libertad personal para situar un límite y no ser invadido, no ser construido como un sujeto pasivo por parte del sistema de las excitaciones en el cual vivimos, que a su vez está regulado por un capitalismo algorítmico en donde todo está regulado por la inteligencia artificial. El cultivo de nuestra diferencia personal es el camino que nos queda frente a una sociedad invasiva que busca igualarnos como consumidores”.

Esto es un comienzo “una actitud de recuperación de otro vínculo con el tiempo que perdemos, con el mundo exterior cada vez más erosionado y con el otro devaluado, porque muchos prefieren la interacción online que la vieja interacción corporal cara a cara”. Ierardo es muy enfático en la necesidad de no caer en la negación de la tecnología que es algo regresivo e insostenible, sino tener un filtro critico que preserve nuestra libertad para construir una interacción dialéctica entre todo lo que nos da el mundo tecno virtual y el lazo como humanos en nuestro cuerpo, con el mundo de la luz, las formas, el mundo físico. Si bien, claro está, la propuesta no se presenta como un camino de salvación colectiva, es sí un llamamiento a la conciencia personal, ahora extensivo a este posible (sereno) lector.

Fuente:
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/esteban-ierardo-vivimos-drogadiccion-imagenes-felices-veloces-banales-_0_fsqgXKgV.html?utm_term=Autofeed&utm_medium=Social&utm_source=Facebook&fbclid=IwAR2QgPcP5X3xiF6UoBkQ2sTQlxjCVUefyzCpYkwGlXXCRMf_nNsYH96PcdY#Echobox=1580161281

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